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Desde que era niña, ya en la escuela, no me
pasaba desapercibido el sufrimiento de los
demás, y me rebelaba en silencio ante las
injusticias que se cometían con otras personas.
Sentía grandes deseos de ayudarlas, pero
entonces me veía incapaz de ello, debido a mi
inercia y a mi falta de coraje. Antes de
empezar ayudar a los demás, tendría que
aprender a ayudarme a mi misma, tomando las
riendas de mi vida y superando mis
miedos.
Fueron muchos los años que pasé haciendo un
intenso trabajo conmigo misma, conjugado con
una vida de esposa trabajadora y madre de 4
hijos.
Mi primer encuentro con la que sería mi mayor y
mas fructífera herramienta de trabajo interior
tuvo lugar en 1994, cuando una gran amiga de
entonces me puso en contacto con el zen y me
presentó a la que hoy en día es una de mis
Maestras. Por discreción, prefiero no decir su
nombre, aunque es una Maestra bien
conocida.
Pero, por otra parte, me gustaría recalcar que
mi mayor Maestra la encontré finalmente en mi
propio interior, y que fue ahí donde pude
aprender gran parte de lo que quiero compartir,
desde mi determinación y mi opción de vida por
poner mi granito de arena para hacer un mundo
mejor.
A partir de aquel encuentro con el zen,
comenzaron a sucederse cambios en mi vida,
cambios que me fueron llevando progresivamente
a una completa transformación de mi visión de
la vida y a un estado más lúcido de
consciencia.
Mi primer gran salto tuvo lugar entre 1994 y
1995, cuando abandoné la empresa familiar en la
que trabajaba y me puse a estudiar, ya con 3
niños, la carrera de Psicología que abandoné
más adelante. Junto con una amiga, fundé un
centro de terapias alternativas y gestión
emocional en la zona del Montseny (Barcelona),
y fue allí donde profundicé en las distintas
formas de trabajarse a una misma. Mi encuentro
más profundo con los estratos emocionales más
recónditos y olvidados lo hice durante los
nueve largos meses que estuve trabajando con la
Terapia Primal, una técnica ciertamente dura de
gestión de las emociones. Aprendí a base de
catarsis. No había sesión que no me llevara a
lo mas oculto de mi misma para observar lo que
había allí. Aprendí a “conocerme” y a
descubrirme. Tanto en lo relativo a recursos
emocionales como desde un nivel exclusivamente
físico, cualquier fórmula para resolver
conflictos internos me parecía válida para mi
trabajo interior. Tengo un armario lleno de
libretas de notas sobre mis reflexiones y
descubrimientos que dan fe de ello. Aprendí a
utilizar muchísimas herramientas y practiqué
con ellas, y comencé a desarrollar
mis habilidades para trabajar con los
demás.
Junto con mi amiga teníamos la ilusión de poder
ofrecer un punto de luz para los que
necesitaran reconfortarse. Allí empezó mi
trabajo real en favor de un mundo mejor y de
apostar por vivir la vida de otra forma. En ese
centro se trabajó con muchas dinámicas desde la
conexión con la naturaleza y el trabajo
corporal pasando por la música, el color, el
barro, hasta los sueños y la imaginación
activa… Ofrecimos muchos cursos y muy variados
y aprendimos también herramientas que
trasladábamos a nuestra vida cotidiana sin
ningún reparo. Yo aprendí muchas cosas que me
han sido de gran utilidad y que fueron
modelando mi forma de ver y de vivir el mundo.
Trabajábamos con una gran variedad de técnicas
corporales y también teníamos espacios par la
tertulia, los rituales o simplemente el
préstamo de libros para quien lo solicitara.
Una vez al día, como mínimo, había un espacio
para la meditación.
Mi compañera y yo teníamos infinidad de
conversaciones bellas y profundas, que
apuntaban a ideales de ayuda a la humanidad.
Nos autoproclamábamos inocentemente “cuidadoras
de almas”. Ella era una grandísima terapeuta, y
me enseñó aspectos valiosísimos para acompañar
a las personas. Siempre le estaré
agradecida.
Pero mi mayor reto llegó en el año 2001, cuando
en un salto al vacío tomé la
decisión,
primero, de dejar el centro donde trabajaba y,
después, de separarme de mi marido, quedándome
prácticamente en la calle, a cargo de mis 4
hijos y con un montón de problemas. Seguía
teniendo miedos, pero ahora era capaz de
sobreponerme a ellos y hacer lo que en lo más
profundo de mi corazón sentía que quería
hacer.

Trabajé muy duro en los dos años siguientes a
mi separación, tiempo en el que pude comprobar
que, manteniendo mi disciplina con la
meditación, y con las herramientas adecuadas,
podía superar casi cualquier obstáculo. También
comprobé entonces la eficacia de los rituales,
a los que me sentía atraída de forma natural y
que yo misma diseñaba según las circunstancias.
En toda aquella empresa por la supervivencia
fui desarrollando la confianza en mí misma, y
pude comprobar poco a poco que existían en mi
un sinfín de posibilidades por
descubrir.
En mis esfuerzos por conseguir un empleo con el
cual sacar adelante a mis hijos terminé
trabajando en una residencia de ancianos: ocho
horas diarias de trabajo agotador. Me acuerdo
perfectamente del primer día, vestida de
blanco, con los guantes de látex, a las 6 de la
mañana y completamente alucinada. No había
trabajado nunca con ancianos y, ¡Dios! ¡No
sabia cómo empezar! Las habitaciones eran
oscuras, no tenia ni idea de las patologías de
cada anciano (si es que las tenían), no sabía
si podían andar o no, ni siquiera sabía si
tenían lucidez suficiente como para entenderme.
Recuerdo que les pedía perdón interiormente mil
veces por mi ignorancia. Pero aprendí poco a
poco a estar allí, a conocer a aquellos
ancianos, a respetarles, a escucharles. No
podía evitar hacer mi trabajo desde la
atención más pura (En la práctica del zen
lo llamamos samu). El ansia con
la que esperaban las pocas visitas que
recibían, o las ganas (aunque tuvieran demencia
y “no se enteraran”) de salir por la puerta de
hierro que les aislaba del mundo exterior, me
conmovían profundamente.
Hubo muchas situaciones que me dieron mucho que
pensar, como cuando tenía que limpiarle las
heces a algún anciano que se hallaba totalmente
inconsciente y que ni siquiera podía quejarse
por su situación. Aquello me impactaba
profundamente, y me hacía comprender el sentido
de la compasión.
Pero el cansancio se iba acumulando. Realmente
llegué a sentirme exhausta, pues muchos días
tenía que empalmar el trabajo en la residencia
de ancianos con otro trabajo en un restaurante
del que, en ocasiones, salía a las 3 de la
madrugada. Otras veces tenía que trabajar los
fines de semana en un establecimiento de
turismo rural, sirviendo mesas y preparando
comidas, y a veces me tocaba trabajar aún más
horas, pues había celebraciones de bodas u otro
tipo de banquetes.
Mi salud física se deterioró enormemente en
aquella época. Estaba cansada, muy
cansada. Pero, extrañamente, seguía sin
escapárseme nada del mundo emocional que me
rodeaba, aunque de algunas cosas tomé
consciencia tiempo después de salir de allí.
Cada sentimiento de tristeza, de frustración,
de soledad, de pena, se me iban adhiriendo sin
darme cuenta. Me dolía la situación de todos
aquellos ancianos.
Finalmente encontré otro trabajo menos exigente
con mis fuerzas, pero mi vida continuó con la
determinación de salir adelante, fuera cual
fuera el precio. Como ya tenía el
Practicioner en
Esencias Florales de Bach y ya trabajaba en
consulta haciendo masaje terapéutico, decidí
completar mi formación con distintas técnicas
corporales para poder disponer de más
herramientas. Acabé mi diplomatura en Zero
Balancing y me formé en quiromasaje, masaje
sacro-craneal, drenaje linfático post
traumático y reflexoterapia. Más recientemente
me interesé en las terapias energéticas, y
estuve realizando un curso de medicina nativa
americana en Holanda.
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